Scrutopia: la herejía que devela nuestra realidad (IV)
bettyzanolli@gmail.com
X: @BettyZanolli
Youtube: bettyzanolli
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl siglo XX fue para Roger Scruton, el amplio marco temporal en que se fue gestando e incoando un proceso ideológico que terminó por secuestrar intelectualmente a gran parte de la sociedad occidental. El pensamiento fundacional lo aportó Antonio Gramsci (1891-1937) quien, a diferencia de Vladimir I. Lenin (1870-1924) tenía claro que, para dominar a un pueblo, más que pensar en imponerle el modelo marxista económico, era necesario tomar el control de las instituciones a efecto de lograr moldear, desde dentro de ellas, un nuevo sistema de valores que garantizara la transformación.
Estrategia que, como bien destacará Scruton, a pesar de haber nacido de la pluma gramsciana y sin que hubiera podido ser atestiguada en vida por su propio ideólogo, gracias a los integrantes de la Escuela de Frankfurt -así conocidos en la década de los años 60 a los que fueron miembros del Instituto de Investigación Social fundado en 1923 en la Universidad Goethe como Walter Benjamin (1892-1940), Max Horkheimer (1895-1973), Wilhelm Reich (1897-1957), Herbert Marcuse (1898-1979), Erich Fromm (1900-1980) y, por supuesto, Theodor Adorno (1903-1969)- , logró ser puesta en operación exitosamente a través de la captura de las instituciones sociales, políticas y culturales. Organismos desde los que se comenzó a incidir en la mutación y revolución de la conciencia de las nuevas generaciones, logrando así construir lo que Gramsci conceptualizó bajo el título de una “hegemonía cultural”. Hegemonía desarrollada por los autodenominados “teóricos críticos” que, impulsando a un neomarxismo ahora de corte cultural, terminó por engullir y desdibujar los valores y principios que algún día identificaron a Occidente.
A este punto, muchos podrán escandalizarse -yo lo hubiera hecho cuando hace casi medio siglo comencé a ser formada en estas mismas ideas-, pero quien siga objetivamente la explicación del británico, tendrá que estar de acuerdo con él, ya que la “larga marcha por las instituciones” gramsciana, retomada e impulsada por los frankfurtianos, no nació de un día a otro. Fue un proceso igualmente de larga data -iniciado en el primer cuarto del siglo XX- gestado en el seno de un marxismo que se posicionaba en contra del liberalismo clásico, del constitucionalismo y, por supuesto, de las soberanías nacionales. Su objetivo central, como asentará Gramsci en sus “Cuadernos de la cárcel” (1929-1935): la conquista del poder cultural previa a la del poder político. Conquista que sólo se podría lograr “mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, de expresión y universitarios”.
Proceso que durante el periodo de entreguerras se fue consolidando, sobre todo a partir de 1933, cuando el grupo de frankfurtianos emigró a los Estados Unidos de América, esparciéndose entre sus principales universidades, para luego retornar a Europa -al término de la Segunda Guerra Mundial- a fin de impulsar la transformación social por ellos añorada y que en 1968 explotó virulentamente, irradiándose por todo Occidente. Al respecto, Scruton declarará: la universidad se convirtió en el campo de adoctrinamiento por excelencia en el que hasta los profesores más “racionales” terminaron por impulsar su propia destrucción institucional.
Sí: una destrucción nutrida con el odio y el resentimiento y que invocaba a la justicia social y al bien común para obtener su legitimación, tal y como Ludwig von Mises (1881-1973) desde 1927 había anticipado: el socialismo terminó por destruir lo que Occidente tardó miles de años en construir sin ofrecer nada a cambio, sólo una utopía deentre las ruinas. Y es que de haber sido una mera utopía centrada en el proletariado decimonónico, con el paso de los años y ante los escasos avances logrados por este sector, terminó por requerir nuevos espacios idóneos para su difusión, y estos los halló en los sectores minoritarios (étnicos y sexuales), sin que esto implicara una auténtica reestructuración ni transformación -como la esperaba lograr Marx a partir de que naciera el “nuevo hombre”-; cuando más, una transmutación de la antigua lucha de clases en una de identidades.
Fue así como desde el marxismo cultural, la teoría crítica se convirtió en el crisol del que emergieron las teorías que desde hace varias décadas están presentes en la realidad contemporánea: la poscolonial, la “queer”, la racial, la de los estudios de género y el feminismo interseccional, el “black power”, el capacitismo, los “fat studies” y, por supuesto, el “wokismo”. Todas ellas extendidas por Europa y América y absorbidas principalmente por la “nueva izquierda”, una izquierda radical que ha asumido la deconstrucción del lenguaje como principal arma de su gesta cultural, al convalidar con ello la visión gramsciana de que al estar la realidad “definida con palabras… el que controla las palabras controla la realidad”, de lo cual los filósofos posmodernos franceses de los años 60 y 70 fueron sus principales epígonos deconstructores. Pero demos paso primero a los frankfurtianos. Continuará